OPINIÓN: A DESLEGITIMAR EL CONSENSO NEOLIBERAL EN MÉXICO. Por el Profr. Juan Pérez Medina (CUT – Michoacán)

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Con un país en la ruina. Vendido en cachos grandes y pequeños a los ambiciosos capitales, principalmente foráneos. México vive uno de sus peores momentos de la historia contemporánea. Reformada la Constitución de 1917 en 699 veces y con casi un millar de modificaciones a 114 de sus 136 Artículos, hoy no es ni el reflejo de lo que llegó a ser aquella que en los albores del siglo XX se reconoció como una, sino es que la más avanzada en su carácter social y humano. A fue a partir de la década de los 70’s cuando el proceso hacia su actual orientación neoliberal favorable al capital financiero aumentó su ritmo a tal grado que actualmente ha llegado a sepultar más del 80% de su texto original. Lo más grave es que esas modificaciones han servido para explotar más a los trabajadores, mal pagarles y dejarlos en la orfandad de su seguridad social: vivienda, alimentación, trabajo estable y remunerador, salud y medicinas y pensión se han vuelto hoy una de las principales demandas y necesidades de las personas en edad de trabajar. Pero no sólo eso, sino que además, se han encargado de negar el derecho a explotar y acrecentar sus riquezas naturales entregándolas a las viles ambiciones pro empresariales de las grandes corporaciones que dominan el mundo desde el norte rico.

En medio de la vorágine neoliberal del desarrollo capitalista, los empresarios y la clase política (la partidocracia) y las instituciones del estado (los 3 poderes de gobierno), se han convertido en un lastre cargado de inmoralidad y descrédito ante un panorama desolador de entreguismo, robo, impunidad, corrupción y violencia política. Los que integran estas instituciones han venido siendo los causantes de todas las vilezas en contra de un país históricamente poderoso, diverso, multicolor, de enormes recursos y grandes potencialidades humanas. Ellos han despojado a la Nación de sus playas, sus litorales, los bienes del subsuelo (petróleo, gas, minerales) y del trabajo enorme y cotidiano de millones de trabajadores y sus familias. Son los responsables de la enorme e incesante migración a los Estados Unidos y de la creciente pobreza de millones de familias de este país, que ya casi alcanza la vergonzante cifra de casi el 50% del total de la población. Son los que nos han arrebatado la esperanza y nos han convertido en cosas, objetos, datos estadísticos, votantes, etc. Son los responsables de todos aquellos que han perdido la vida intentando cruzar la frontera sin lograrlo. Los que son cazados como conejos por los yanquis racistas que ahora gobiernan ese país.

Ellos, los políticos, los empresarios poderosos, los aduladores del día con día, han perfeccionado su maquinaria del conformismo y la desunión. Son los que a diario alimentan nuestra sumisión, nuestro desencanto; la idea de que nada se puede hacer, de que todos somos iguales a ellos de ladrones. Nos intentan convencer de que no hay más remedio que el mundo que habitamos tal y como ellos nos lo han presentado. Nos quieren convencer de que es necesario que todo el tiempo pongamos la otra mejilla. Nos dan pan y circo. Despensas y futbol; láminas de cartón y la banda machos, etc. Y muchos van a votar convencidos de que su voto no vale más que eso. Qué su voluntad casi inexistente no alcanza más que para recibir eso y miles de cápsulas de ignorancia.

La máquina de la construcción del consenso. De su consenso mediático y pronasolero que nos dice que comer, que ponernos, que calzarnos, que mirar, que creer, que votar y a quienes rendir pleitesía. La máquina del consumismo, de los estereotipos, de los falsos sueños, de la perversión y la violencia generada por patrones inalcanzables.

Hoy tenemos una oligarquía más ociosa, ambiciosa y vil, que no sólo pretende mantener y acrecentar sus márgenes de ganancia, sino que además, pretende apoderarse de todo cuanto

hay, incluso a costa del mayor sufrimiento posible. Una oligarquía que pretende volver a reeditarse en 2018 como lo hace cada 6 años en un ritual carísimo a costa de nuestro dinero y que les permite el engaño de que ya son otros.

Las elecciones del próximo año serán las más costosas de la historia y servirán para volvernos a engañar. Entre ellos se disputan los privilegios del poder político y las ganancias del poder económico. Luchan por estar en las mejores posiciones, las más importantes; cuestión que solamente logrará un grupo, pero el sistema garantizará que los demás también estén a fin de no crear enemigos y legitimar su ritual electorero. Todos saben que el sistema así funciona. Que a veces se está arriba y a veces abajo, pero nunca fuera de él, porque eso sí acaba afectando sus personales intereses, sus privilegios, su forma de vida dispendiosa y vulgar.

La Constitución de 1917 ha sido modificada en 699 veces gracias a este sistema. Gracias a la máquina que lo hace funcionar. Gracias al sistema electoral de legitimación política del actual estado de cosas. Los políticos y sus partidos son la causa de las contra reformas a la Constitución para favorecer a una clase parásita y depredadora. Estoy convencido de que debemos cambiar la actual correlación de fuerzas y atentar en contra del actual sistema y sus antivalores. Desde ahora debemos comenzar una permanente y creciente campaña de denuncia política hacia esta oligarquía de dentro y de fuera que se roba nuestras riquezas pagándonos salarios de hambre y concitando la participación de los ciudadanos, de las universidades y de las organizaciones para deslegitimar su consenso del 2018. Nada con la partidocracia y sus instituciones. La salida está por el poder popular y ciudadano. Por la organización social, por decir no más diputados federales y senadores, no más congresos locales, no más gobernantes regidos por una Constitución mutilada y sus leyes perversas. En 1938, Lázaro Cárdenas, entonces presidente de México nacionalizó el petróleo de manos extranjeras, principalmente inglesas; hoy de nuevo por el territorio nacional las petroleras británicas vuelven a administrar nuestro petróleo. Como en los viejos tiempos de Don Porfirio. No necesitamos de diputados y senadores nos cuestan demasiado caros y hacen leyes en contra nuestra. Por ello es necesario deslegitimar su ritual electorero de legitimización y dar la batalla por un nuevo constituyente que elabore una nueva constitución. Sin partidos políticos.

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