OPINIÓN. CUENTOS PARA DESPERTAR 1. Por Julio Santoyo Guerrero

Cuando la Alianza Gobernante tuvo que tomar la dura decisión, todavía ciertos políticos se opusieron con firmeza porque su popularidad caería en las próximas elecciones. Pero ya no les hicieron caso, se les dijo que posponer fue lo que originó la tragedia que estaba frente a sus narices.

Sí, era una decisión dura. A nadie gustaba, era justamente lo contrario a una medida popular. Era peor que subir los impuestos a toda la población. No se recordaba en la historia un evento semejante. La impopularidad del acto era solo comparable con las medidas de oprobio impuestas a los vencidos por los tiranos ganadores en las guerras.

Los que idearon el decreto fueron minuciosos en su diagnóstico, interrogaron y escucharon a destacados estudiosos para tener una visión completa, de 360 grados —presumieron—. La lógica del saber científico apuntaba a ese camino. Ni la ciencia ni la poderosa técnica que de ella se deriva estaban en condiciones para restablecer una realidad que se les había ido de las manos décadas atrás.

Cuando hicieron público el decreto —al que muchos calificaron de inmediato como «el decreto de la desesperanza»—, advirtieron que la fragilidad de la ley consistía en la reacción social que podría propiciar rebeliones. Ese costo elevado —afirmaron con la cara en alto— era el que debía asumirse en un tiempo de inflexión civilizatoria; que si ello suponía el derrumbe de la Alianza Gobernante estaban dispuestos: ¡bienvenida! «Quienes nos reemplacen tendrán solo dos caminos, aplicar el decreto o tirarlo y vivir por muy poco tiempo con la mentira muy popular, que muchos quieren seguir escuchando, de que no pasa nada. Allá ellos, morirán con sus resecas palabras ahogando sus gargantas».

La Alianza Gobernante escogió bien el escenario para presentar el decreto. El catálogo de sitios que les presentaron era vasto, y los había desde aquellos que expresaban dramatismo y perspectiva catastrófica hasta otros que revelaban las heridas ecológicas de la acción gananciosa de empresas de rebosante éxito y prestigio. En el catálogo venían ciudades polvosas con edificios que se alzaban como árboles secos y deshojados, carentes de vitalidad, con calles con arroyos de personas como hormigas, esperando en los surtidores públicos la hora en que bombearían el líquido. En el catálogo estaba un video desgarrador, decenas peleaban a costa de sus vidas por un recipiente de 20 litros mientras un grupo de criminales los asesinaba.

«A partir de esta fecha, todas las reservas de agua, absolutamente todas, son declaradas de altísima seguridad nacional. El acceso al agua, toda el agua, queda regulada en los términos de este decreto. El uso industrial y agrícola quedan supeditados, sin excepción, al derecho humano. Cada persona tendrá una asignación semanal de 75 litros y tendrá la obligación de reciclarla y aprovecharla en su totalidad» —sentenciaba la ley.

La ordenanza legal supuso un brutal ataque a la libertad, excluyó a la producción agrícola e industrial no prioritaria conforme a un estándar alimentario elemental con el objetivo de garantizar el uso planificado y racional del agua. La Alianza Gubernamental, advirtiendo lo que implicaba, ofreció disculpas por la intromisión tajante pero necesaria del Estado en la prohibición productiva. Remarcó que primero era la vida.

El decreto extraordinario —adjetivado así para mayor entendimiento emocional— fue desastroso para ciertos usos económicos. Tuvieron que parar y entregar las aguas a los sistemas de regulación del gobierno. Las sanciones para los infractores han sido brutales.

El decreto extraordinario para su campaña de propaganda usaba el lema «el agua me salva y la humanidad se salva», y las justificaciones abundaron en números, gráficas, imágenes y datos históricos. En verdad, si se utilizaba la razón, como por vez primera se estaba haciendo, la conclusión era más terrible que lo expresado en el decreto. Terminaba el discurso de motivos con un hecho no menos funesto, la crisis era mundial, del total del agua del planeta sólo el 2.5% era dulce hasta hacia dos décadas, ahora solo quedaba el 0.7 % que no estaba contaminada y la población había crecido en un 25 %. Es decir, estaba descartada la idea de importarla. Se había llegado a «el punto de abismo cero» del equilibrio natural.

Lo más vergonzoso del caso —sostuvo el vocero de la Alianza Gobernante mirando a los ojos de la audiencia a través de las pantallas— «es que pudimos evitarlo, pero nos perdimos en la arrogancia de un presente que creímos eterno, le apostamos con insensatez a la técnica, al consumo y al goce instantáneo del poder. Y ya no hay tiempo ni los recursos económicos ni las condiciones sociales para reparar la fábrica de agua que todos contribuimos a destruir. ¡Ciudadanos, —gritó con culpa— hemos sido derrotados por nuestra egolatría!».

Las imágenes vistas a través de los modernísimos dispositivos consultados por la población en ese día eran sobrecogedoras, más que las captadas tres años antes. La delincuencia acumulando fortunas y poder con el tráfico de hectolitros de «oro líquido» en el mercado negro dejando una estela pavorosa de muertos en su tránsito. Convoyes militares trasladando contenedores de agua y casi siempre atacados por carteles y rebeldes.

Al paso de los meses y con arduo ejercicio autoritario el decreto estableció una nueva normalidad. Vivir con 75 litros semanales o menos estableció otro estilo de vida, aceptado y defendido por el pueblo. El decreto, sin embargo, no incomodó las creencias profundas sobre los deberes éticos con el mundo, además se reforzó la fe y la creencia en los políticos, ese fue el éxito de la Alianza Gobernante, no meterse al menos con los estándares de comodidad técnica y religiosidad política de la población.

«Luego de la inutilidad de las revueltas la normalidad ha regresado» Postula un influencer desde la comodidad de su cabina de alta tecnología, instalada en un edificio con ventanales que miran montañas desnudas, áridas y marrones, en ocasiones ocultadas por nubes de polvo reseco que no sostienen un solo pájaro. Hasta su ventanal se escucha el golpeteo de bidones y cubetas reclamando más litros de agua.

(La ficción ayuda a entender la realidad)

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