En 1989, el magisterio irrumpió como nunca en el escenario nacional, con una fortaleza ética y moral demasiada alta. Sus exigencias se redujeron a dos: aumento salarial del 100% y democracia sindical. Dentro de estas dos grandes consignas había otras menores que respondían a la lógica de las anteriores, como la rezonificación por vida cara, mejores prestaciones económicas del ISSSTE y la exigencia política de la emisión de las convocatorias para llevar a cabo los congresos seccionales en la XXII y la VII de Oaxaca y Chiapas respectivamente, en donde la CNTE era evidente mayoría y el CEN del SNTE se negaba a realizar los congresos estatutarios; además de la exigencia del cese a la represión, aparición con vida de los desaparecidos, libertad a los presos políticos y castigo a los responsables por los asesinatos de maestros en esas dos entidades.
Aquel 17 de abril de 1989 no fue fortuito, las condiciones objetivas estaban dadas a partir de una feroz represión sindical y un férreo control del SNTE sobre la voluntad de los maestros y una profunda crisis económica que había llevado a los salarios a una situación terriblemente precaria. De ante mano, es de destacarse el avance de la CNTE en entidades como Chiapas y Oaxaca principalmente, sin menospreciar la fuerza que habían alcanzado pequeños grupos en el D. F., el Estado de México, Guerrero, Hidalgo y Tabasco.
Además, la primavera de 1989 fue precedida por una serie de movilizaciones importantes en el Valle de México, principalmente por la Sección IX, X y XI del aún Distrito Federal en aquel entonces y la XXXVI del Valle de México. Movilizaciones que de febrero a marzo fueron creciendo y tomando un papel central en la exponencial suma de contingentes para el paro nacional convocado por la CNTE para el 17 de abril, al regreso de las vacaciones. Los “charros” del SNTE, confiados en sus mecanismos de control por vía de los secretarios generales y representantes de centros de trabajo, de los directores, supervisores y jefes de sector y, además, por medio de la propia SEP y las autoridades locales, creyeron que al regreso a las aulas, la ofensiva de los trabajadores de base del centro del país se habría diluido; sin embargo, el 17 de abril, hasta los directivos del centro del país se declararon en paro, haciéndolo público en una inserción pagada en un diario de circulación nacional.
La determinación de los docentes en el desafío al poder del Gobierno y del mismo SNTE, fue acompañado por casi la totalidad de las organizaciones sociales de todo el país, quienes de manera solidaria se sumaron a las movilizaciones, a los plantones y a nutrir con alimentos a los maestros movilizados. En las escuelas, las cuales en un primer momento estuvieron custodiadas por los propios maestros, fueron siendo fortalecidas con la presencia de los padres de familia que en barrios, colonias y comunidades se sumaron sin condiciones a la justa causa del magisterio.
Reciente estaba aún la lucha dada por el pueblo en la jornada electoral de 1988, cuando el PRI con el apoyo del PAN arrebataron el triunfo popular y consumaron de la mano del estado, la imposición de Carlos Salinas de Gortari como presidente de México. Esa efervescencia fue también un elemento que contribuyó a generar alrededor del magisterio nacional una amplísima solidaridad.
Para ese entonces, en Michoacán existía un grupo de trabajadores de la educación que desde la disidencia habían venido intentando organizar la lucha contra el charrismo sindical a través de la integración del Movimiento de Liberación Político Sindical (MLPS). De ese grupo emergieron las primeras acciones en contra del cacicazgo que venía ejerciendo Antonio Jaimes Aguilar en la Sección XVIII. Figuras como Delfino Paredes, Javier Acuña, Isaías Diéguez, Felimón Solache y Medardo Gutiérrez Guzmán, entre otros varios, se destacaron como los iniciadores del movimiento magisterial democrático en la entidad. Formados ideológicamente en los movimientos sociales de izquierda y varios de ellos como elementos destacados de las luchas estudiantiles, fundamentalmente en las normales rurales y con la influencia del movimiento estudiantil de 1968; fueron garantes de que la lucha contra el charrismo sindical y por el socialismo se mantuviera constante a pesar del permanente acoso y la represión de que eran sujetos de manera cotidiana.
Sin embargo, no fue sino hasta 1989 que el magisterio estatal emergió a la lucha nacional de manera masiva junto con el resto de los contingentes que desde meses atrás ya venían dando la pauta. El cercano congreso seccional en donde se había elegido Carlos Acosta Mora, había dejado una secuela de imposición que fue caldo de cultivo para la lucha por democracia sindical, pues a diferencia de los estados de Oaxaca, Chiapas, Sección XXXVI del Valle de México y la Sección IX del Distrito Federal, aquí la lucha era eminentemente por aumento salarial, pero como los representantes sindicales charros no quisieron sumarse y, por el contrario, intentaron detenerla, fueron rebasados por la base trabajadora y desconocidos, por lo que la exigencia de democracia sindical se convirtió en la segunda demanda legítima del magisterio en lucha.
Fueron las regiones en donde estaban adscritos los más preclaros representantes de la disidencia magisterial, las que rápidamente se incorporaron a la lucha. Destacarían en ese sentido, las regiones de Uruapan, Zamora, Tacámbaro, Apatzingán, Zacapu y la Ciénega de Chapala; además de importantes contingentes de Región Morelia que era en ese entonces y como lo es ahora el centro neurálgico del poder y, por tanto, el lugar en donde el charrismo y el gobierno actuaban con mayor fortaleza. La determinación de los compañeros de Morelia, sobre todo de oficinas centrales, fue muy importante para consolidar el Movimiento, pues fueron baluarte en una región completamente asediada por los charros.
En el marco de esta estruendosa ola magisterial, se conformó la Coordinadora de Organizaciones Sociales (CEOS), que aglutinó al movimiento estudiantil, campesino y popular de la entidad, como elemento vigorizador de la ampliación de la lucha junto con otros sectores organizados del pueblo.
Grandes batallas se escribieron en ese entonces de la mano de un pequeño grupo de militantes de izquierda que, parafraseando a Gabriela Mistral en analogía con el heroico ejército nicaragüense que combatía la invasión yanqui en ese país, de la mano de Cesar Augusto Sandino, eran un verdadero “ejercito de locos”, pero para ser más precisos, éstos no llegaban a ser un ejército, sino solamente un puñado de locos que con la firme conciencia de lucha contra el charrismo y el gobierno, cargados de determinación, verdadera formación política, una férrea vocación democrática y los principios éticos y morales de la izquierda, asumieron su papel histórico poniéndose al frente de una pléyade amplia de inconformidad y hambre de justicia. El magisterio michoacano estaba en lucha y avanzaba escribiendo en las aulas y las calles, el nuevo rumbo de la historia sindical en la entidad. Lo hizo de la mano del pueblo, sin engaños y sin trampas. Manteniendo en todo momento el valor ético de sus acciones. En ese entonces nadie abandonaba su puesto.
Las escuelas estaban siempre vigiladas de día y de noche y desde ahí se fraguaban las acciones a realizar. En esas reuniones se escuchaba la voz de los padres de familia y éstos se sumaban a las acciones incluso, de carácter estatal y nacional. Las movilizaciones eran altamente combativas y llenas de consignas, volantes informativos y afiches diversos. Se realizaban brigadeos aprovechando la presencia amplia de compañeros en las marchas, se conformaban comisiones para visitar a los medios de comunicación, se realizaban acciones de presión en contra de las autoridades y se llevaban a cabo mítines relámpago en mercados y tiendas departamentales; incluso, se visitaban los centros de trabajo de obreros y empleados y a boca de fábrica se les informaba y repartía un volante. De esa forma era que el pueblo estaba claro de nuestra versión de los hechos y no sólo de la de nuestros enemigos, que controlaban todos los medios de comunicación masiva.