OPINIÓN. GIOVANNY LÓPEZ Y GEORGE FLOYD; XENOFOBIA POR LOS POBRES. Por: Efraín Barrera Medrano

Anticipo que muy poco hablo de mi paso por la dirección de seguridad pública en Michoacán, situación que sucedió hace diez años; pero después de haber visto las imágenes de brutalidad policiaca en Jalisco y Minnesota (USA), siento la necesidad de comentar algo al respecto, desde la perspectiva de un exdirector policial que cuando tuve la obligación de resguardar el orden público no cometí abusos y siempre cuide de no cruzar la delgada línea que separa lo permitido de lo prohibido, en la aplicación de los protocolos de sometimiento durante una detención, quizás por eso no soy rico pero puedo presumir que me paseo por todo Michoacán sin remordimiento de conciencia ni temores. Porque además soy de los que creen que el poder se hizo para ejercerlo pero también para respetar a la gente y hacer amigos.

Esa delgada línea es entendible solo cuando la experimentas, llevando a cuestas la obligación de servir y entregar cuentas a la sociedad pero sin violentar los derechos de la misma. Es difícil comprender lo que siente y piensa un policía cuando participa en operativos o enfrentamientos, que aunque sea muy comprometido con la causa, por instinto natural teme y pondera la preservación de su vida por encima de su responsabilidad social.

No es mi pretensión convertirme en abogado del diablo, pero un policía como cualquier ser humano es padre, hijo, hermano y esposo; no han sido pocos a los que han desaparecido o asesinado con brutalidad; por lo cual, si bien hay quienes se conducen de forma inadecuada no es justo medirlos a todos con la misma vara, la familia de un policía sufre como cualquiera cuando pierde un ser querido.

Fue dantesca la forma como un sujeto prendió fuego a un policía motorizado, que evidentemente nada tuvo que ver en los hechos reclamados por los manifestantes. Fue tan injusto como inaceptable fueron los excesos de quienes abusando de su condición de policías cometieron el asesinato en Ixtlahuacán con todas las agravantes. Y peor aun cuando la detención la motivó una simple falta administrativa (por no usar cubre bocas) derivada de una disposición del gobernador de Jalisco ejecutada por el munícipe.

Si bien el papel de policía es imperativo para que se cumpla la ley, haya orden, respeto y Paz entre las personas es socialmente incomprendido, y, muy a menudo es criticado con crueldad por culpa de quienes no se conducen con rectitud y se convierten en servidores para otros propósitos. Sin embargo, hay que decir que existen muchos que si aman su profesión y sirven con lealtad a la sociedad.

La policía debe capacitarse y profesionalizarse permanentemente para que conozca sus límites y brinde un mejor servicio a la sociedad; por la naturaleza de la actividad que realiza debe tener fortaleza, valor y entrenamiento físico pero también convicción de servicio y sensibilidad para, irónicamente, ponerse en los zapatos del detenido y respetar sus derechos humanos, asunto a

todas luces complicado por la adrenalina de ambas partes a la hora del forcejeo. Dependiendo de la naturaleza de la falta, el detenido debe ser puesto a disposición con la autoridad correspondiente, situación que no sucedió en los casos de comento.

Lo sucedido en Ixtlahuacán de los membrillos Jalisco, con el asesinato de Giovanny López, un joven de 30 años de oficio albañil, luego de haber sido detenido por la policía municipal; y, el asesinato de George Floyd en Minnesota, se aleja mucho de los protocolos oficiales aplicados en estos casos y no se pueden justificar bajo ningún argumento y menos aún la tortura, la negligencia y el asesinato.

Por su propia naturaleza ambos casos son sumamente graves; que más allá del abuso policial exhibido en las imágenes, que por cierto ha sucedido siempre en gobiernos represores del neoliberalismo, lo que en realidad encierra es un sentimiento xenofóbico y el desprecio por los pobres de ambos gobernantes que ya la sociedad no tolera pero que no lo han entendido.

Estos abominables acontecimientos están costando un desgaste extraordinario de su imagen en el peor momento, tanto a Donald trump como al gobierno de Jalisco. Al primero en una coyuntura política estratégica por la proximidad de las elecciones en USA y su pretendida reelección; y al segundo, en un momento crucial cuando estaba jalando reflectores liderando un movimiento político de derecha conformado por gobernadores contra las medidas implementadas por el gobierno federal contra la pandemia.

Derivado de la coincidencia circunstancial las revueltas sociales en ambos países no se hicieron esperar. Hoy en día ya no es fácil para cualquier autoridad mentir, ocultar, explicar o justificar un asesinato con tales agravantes. Matar a golpes a alguien rendido e indefenso no lo dice ningún manual policiaco, pero si puede ocurrir por la ineptitud de quien aplica la ley o la torpeza política de quien la decreta y toma las decisiones con el hígado.

Las protestas en México fueron más localizadas, dirigidas solo al gobernador de Jalisco Enrique Alfaro; cuyas agravantes adicionales además de la evidente brutalidad aplicada en la detención, se configura también la tortura, la impunidad y la complicidad de mandos policiales y autoridades civiles para ocultar el crimen.

El caso de Giovanny López se conoció hasta que los familiares fueron ignorados por todas las instituciones de gobierno de Jalisco y amenazados de muerte por no haber entregado el video al presidente del municipio de marras, cuando pretendió sobornarlos con 200 mil pesos a cambio de su silencio, fue entonces que decidieron invocar a la opinión publica en busca de justicia y eso sucedió hasta un mes después; se conoció que abandonaron sus domicilios temiendo represalias.

La posición del gobernador ante la reacción social fue irascible, desatinada y ramplona. En su desesperación por lavarse las manos, señalo directamente a AMLO de conspirar en

su contra para desestabilizar su gobierno, ¡faltaba más! Oportunidad para echarle la culpa a su más odiado enemigo, que por cierto, después reculó y voltio la mirada hacia la delincuencia organizada, acusando a sus ministeriales de estar infiltrados por carteles delictivos y que no obedecieron las filantrópicas instrucciones de su fiscal para que no reprimiera, ¡que oso! Tirar la piedra, esconder la mano y luego repartir culpas.

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