NIÑOS ADULTOS: NUESTRO FRACASO COMO SOCIEDAD. Por J.Luis Seefoó Luján

En distintas circunstancias, pero en similares ambientes socio culturales,  niñas y niños (no pocos) han vivido experiencias que muchos adultos ni siquiera imaginan. Ahora fueron Kimberly Citlali (13) y Ana Cristina (14), privadas de la libertad el martes 12 y de la vida entre la noche del martes y amanecer del miércoles 14 de mayo del año en curso. Ana y Kimberly, primas, vecinas de El Vergel, se suman a larga lista de homicidios dolosos registrados en la conurbación Zamora-Jacona.

Esta entrega reflexiona sobre el arribo abrupto de los niños a la adultez, al punto de inflexión que trastorna fatalmente sus cursos de vida: la muerte intencional violenta precedida de una existencia precaria, de una vida que no es la que merece ningún niño.

Las distintas infancias

No hace falta anotarlo, pero lo olvidamos. Los “escalones” de nuestras vidas están definidos por determinadas características físicas, fisiológicas y culturales marcadas por la edad, si embargo, junto con los rasgos biológicos, las pautas socioculturales y económicas son definitorias.

Un chamaco, hijo de un empresario agrocomercial, de un político profesional consolidado (el que vive del erario público por largos periodos), el hijo de un profesionista y/o profesor de altos ingresos, aún a  los 18 años (o más) es un individuo que depende de sus padres, es algo así como un niño. Y es usual que para sus progenitores (padres, abuelos), sea un niño. Posiblemente le digan: “mi bebé”. Pasados los 25, una vez que concluye sus estudios universitarios o que inicia su propia empresa o toma responsabilidades en el negocio familiar, empieza a dejar de ser un infante, un dependiente.

En la “otra cara de la moneda” (más bien, al otro lado de La Luneta, a un costado de Prados del Bosque o, ahí, casi pegaditos a Las Fuentes), otros niños, muchos más que los aludidos, a los 16 años o antes ya tuvieron su primer bebé o cursan el segundo aborto y trabajan. Casi todos concluyeron la enseñanza primaria, pero pocos continuaron el ciclo medio (la secundaria) y ninguno pisará las aulas de la universidad. El bote multipropósitos será una  herramienta indispensable, una extensión del cuerpo  para el corte de fresa,  “los colados”, acarrear agua para lavar carros en Colón y 5 de Mayo y comprar “mandados” o una excusa para hacerse pasar como trabajador en algo.

Diferentes infancias, distintos riesgos

Los chicos con buena solvencia económica -de cinco salarios mínimos para arriba-, si ingieren bebidas alcohólicas o inhalan mariguana o cristal, lo hacen para “conocer el mundo”, para que “no les cuenten”, mientras que sus homólogos de las colonias periféricas de Zamora y Jacona, son unos “mal educados” y no tienen buenos proyectos de vida.

Es poco factible que un adolescente de familias pudientes pueda ser asesinado porque no paga su consumo de drogas, no así un chamaco de barrio popular (modo eufemístico de llamarle a las colonias que son residencia de mano de obra pauperizada, desechable). Además, un “bebé” de fraccionamiento inhala en una cómoda sala, recámara o jardín de la casa (en tiempos de Coronavirus), en tanto que los niños-adultos de las colonias de “palitos” o “cartolandias” juegan futbol, beben “ballenas” o “toritos” (refresco con alcohol y/o Tonayan) en la calle.

En suma, unos y otros, viven distintos riesgos. Es altamente factible que un niño-adulto muera a temprana edad con un balazo en la cabeza y/o que sus familia nunca sepan  dónde están insepultos sus restos mortales.

Kimberly podría llamarse Margarita Isabel

En la primera quincena de mayo, al cierre del viernes 15 en la noche, en esta conurbación nada más se han registrado tres mujeres asesinadas y cuatro heridas. 7 casos (21.21%) de un total de 33 víctimas registradas por los medios hasta el Día del Maestro.

La mayoría las mujeres víctimas son muy jóvenes: 13, 14 y 34 años, las asesinadas; mientras que las heridas tenían 2, 15 y 19 años.

Por la forma (el mecanismo) del homicidio, este mes ha sido menos brutal:  6 lastimadas con arma de fuego y una con tentativa de asfixia:  Sólo en dos se presume tortura previa a la muerte. Y ninguna decapitada, ni desmembrada ni asesinada con explosivos.

Estos pocos eventos (3 homicidios) revelan una profunda descomposición social en la que los victimarios no son solo hombres sino también mujeres capaces de colaborar en un crimen y/o por sí mismas apretar el gatillo de una 9 milímetros. Según la narrativa, a Esperanza Miroslava (19 años)  “su amiga la invita a ir a un mandado el sábado 9 de mayo a media noche. En el trayecto, de Puerta Grande a libramiento norte, su gran amiga y el novio de ésta, la golpearon y trataron ahorcarla. Otro caso de intervención femenina, cuya detención se publicó  el 7 de mayo es el de Jéssica  quien el 9 de enero colaboró para asesinar a María Guadalupe J. C., 24 años, en Badajos y Cartagena, en la popular Valencia.

Jéssica participó para hacer salir de su casa a  Guadalupe (La Lupe)  fue asesinada por otro sujeto esa noche fatal de Santa Lucrecia. La Lupe recibió  impactos calibre 25 mm en tórax, abdomen, fémur y manos. No sólo los hombres participan aunque las féminas son una minoría.

Preocupa que Kimberly Citlali o Ana Cristina puedan llamarse Adriana Guadalupe (34)  quien fue asesinada en su casa el 10 de mayo o Margarita Isabel, quinceañera de Altamira que recibió un balazo en el seno izquierdo, allá por la Colonia Revolución (Casita Blanca, ex Cartolandia). Asusta que las opciones de ser víctima se expandan.

Zamora y su región estrenan otras 40 camionetas de la Guardia Nacional que realizaron su desfile de exhibición en esta ciudad. Hoy y mañana harán lo mismo en Jacona o Tangamandapio.

¿Se controlará la violencia en Zamora-Jacona? ¿Se sabrá de menos niñas asesinadas? Lo más probable es que no sea así. La Guardia Nacional, con el debido respeto para estas mujeres y hombres que cuidan de la seguridad, es una especie de “ejército de ocupación”. La autoridad y respeto no se ganan sólo con la fuerza.

Inseguridad y violencia, narco menudeo, levantones, no sólo demandan el uso de la fuerza pública, mientras que sea relativamente costeable traficar, secuestrar y asesinar; mientras que el desempleo y los “desmadramientos” de las familias sigan y se acrecienten, la conversión de niños en adultos no parará. Estado omiso, imposibilitado o coludido, pobreza, restricciones socio culturales, infantes promocionados para la prostitución y narcomenudeo, son ingredientes de la violencia en la región.

Familia, escuela, iglesia, han fallado; la muerte de Kimberly y Ana nos recuerdan que hemos fracasado como sociedad.

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