Columna. Política, Políticas & Derechos Humanos «AMLO  también soltó al tigre y ¿podrá domarlo?» Por Víctor Ruiz Arrazola*

Los resultados electorales del pasado primero de julio son la evidencia de que Andrés Manuel López Obrador ya había ayudado a soltar al tigre cuando se reunió con banqueros en Acapulco durante pasado mes de marzo, cuando advirtió que tenía dos caminos después del 1 de julio: “Palacio Nacional o Palenque, Chiapas. Si hay fraude entonces sí se soltará un tigre y no voy a detenerlo. Deseo con toda mi alma que las elecciones sean libres y limpias y que sea el pueblo el que decida quién será el próximo presidente”.

Y su deseo se cumplió y este tres de julio, luego de reunirse con el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, en Palacio Nacional, reconoció que “en lo general”, las elecciones fueron libres y reconoció  que el “presidente constitucional”, no haya metido las manos en las elecciones,  dejó en claro que serán los tribunales los cuales tendrán que limpiar la elección en aquellos lugares en los que hubo irregularidades.

López Obrador, el candidato de la Coalición Juntos Haremos Historia,  integrada por los partidos Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), del Trabajo (PT) y Encuentro Social (PES),  ganó la Presidencia de la República con una votación superior al 53 por ciento, como resultado que soltó al tigre, con la ayuda del régimen político actual, pero a él no solo  le tocó amarrarlo  sino domarlo,  reto que le llevará todo el sexenio.

“Madero ha soltado al tigre, vamos a ver si puede domarlo”, es la frase que se le atribuye a Porfirio Díaz Mori, antes de partir a su exilio a Europa.

Así como Francisco I. Madero, a principios del Siglo XX,  se puso al frente de un movimiento social y político, producto del hartazgo del pueblo de México ante el régimen porfirista, López Obrador decidió encabezar un movimiento social y político-electoral de comienzos del Siglo XXI, pero tuvo que esperar a su tercera elección presidencial para ver que esa inconformidad social y política,  ya está a niveles de desesperación y agobio por parte de la sociedad mexicana.

Si miramos por la rendija de la historia nos percataremos que Madero no soltó al tigre, sino que fue el mismo sistema social, político y económico que  conformó Díaz el que llevó al pueblo de México al movimiento armado, durante el cual la sangre que se derramó fue “por lo general” de   mujeres y hombres  pobres que solo sirvió para que, al final de cuentas, las mismas clases económicas y políticas del porfirismo se transformaran en revolucionarias.

Ahora, ese pueblo sumido en la miseria y en la desesperanza decidió llevar a López Obrador a la silla presidencial. A partir del primero de diciembre de 2018 ese tigre tendrá que  empezar a ser domado, de lo contrario se devorará al presidente, hoy convertido en un suculento manjar, no solo por la infinidad de promesas que hizo durante su campaña, sino porque la verdadera estructura del poder, tanto nacional como global lo coparán.

La  campaña electoral ya terminó y durante los próximos cinco meses, López Obrador pondrá en práctica las estrategias que sean necesarias para que su nivel de popularidad crezca o por lo menos se mantenga al día que asuma la investidura de presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

Ese nivel de popularidad o de imagen, ante la opinión pública, irá decreciendo conforme pasen las semanas de su gobierno, porque para entonces tendrá que cumplir las expectativas no solo de los electores que lo llevaron al poder, sino de toda la sociedad mexicana.

AMLO ha dicho que  gobernará para el pueblo y con el pueblo, pero para ello debe responder con políticas públicas que en verdad satisfagan las necesidades de la sociedad y ese reto no podrá cumplirlo en unas cuantas semanas o meses, porque para ello no se hicieron los decretos.

López Obrador también tendrá que enfrentarse con todos aquellos grupos políticos y económicos a nivel nacional con lo que hizo alianza, pues recordemos que entre esos aliados hay muchos que solo llegaron para no perder los privilegios legítimos o ilegítimos de los que gozaban cuando  formaron parte de otro partido político.

Esa mafia del poder a la que AMLO ha cuestionado, está más viva que nunca y tiene el control de la estructura económica, financiera y social del país, sus integrantes no están dispuestos a ceder, a irse del país, lo que harán es negociar con el nuevo gobierno, el cual no tiene otra opción, más que la de negociar.

Pero hay un frente al que no se le debe menospreciar,  con el que no se negocia, al que se le obedecen los gobiernos de países periféricos o en desarrollo, como México, y se trata nada más ni nada menos que del sistema financiero internacional, los organismo globales que dictan las reglas, pero además, dicen cómo aplicarlas.

El gobierno de López Obrador podrá reformar la estructura legislativa y generar políticas públicas que le permitan operar una administración que responda a las exigencias internas, pero estas acciones estarán supeditadas a las reglas de la macroeconomía global.

Al neoliberalismo, al capitalismo salvaje, al necroliberalismo no le interesa que un país abastecedor de materias primas y de mano de obra haya decidido  darse una vida democrática y poner a la cabeza a uno de sus líderes, lo que este sistema económico requiere es que más millones de personas en el mundo tengan las condiciones idóneas para ser buenos consumidores.

El país no cambiará con el simple hecho de que Andrés Manuel López Obrador sea investido presidente de México, se requiere más que emociones. Ni Vicente Fox ni Felipe Calderón modificaron las facultades del presidente de la República para bien del país. Las facultades del presidente de la República deben estar acordes a las condiciones políticas y sociales del país y la sociedad debe poner no un granito de arena, sino un tabique de acciones para la reconstrucción.

*Periodista y abogado defensor de Derechos Humanos.

@V_RuizArrazola

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